El otro país

Columna de Luis Cisternas

Hace ya casi dos meses que se produjo el estallido social que remeció los cimientos de la sociedad chilena. Con la distancia que pone el tiempo nos permite ver el “bosque de frustraciones” de un país muy desigual.

Los acontecimientos que ha vivido la sociedad chilena en las últimas semanas, dentro de su dramatismo tuvieron la paradójica virtud de mostrar un mapa social solo conocido por “algunos iniciados de izquierdas y derechas”. Un componente de este mapa no es nuevo: desigualdad y pauperización. En una palabra, la crisis. El otro, tan importante, aunque menos conocido, descorría el telón sobre las respuestas populares, respuestas de las que los saqueos fueron la formula brutal de la desesperación.

El descontento es real y su motor es la clase media, aunque grupos trasnochados unidos a anarquistas y lumpen esperen precipitar la revolución incendiando estaciones de metro y supermercados, hoteles, pequeños comercios y farmacias de barrios. Basta visitar el centro de Valparaíso, Viña del Mar y Quilpué para dimensionar estos actos de barbarie que, por cierto, deberán esclarecerse, pero son actores secundarios del descontento y protestas.

Creo que las causas de este desasosiego social no son las que están debajo de la violencia y el saqueo. Tal vez corresponde preguntarnos por qué la desigualdad, la discriminación y la exclusión son tan pocos visibles a la clase política o por qué tantas personas se niegan a verlas y reconocerlas. Por qué cada vez hemos verificados la existencia de “Chiles ocultos”, “otros países”, Chiles secretos”. Esta es la pregunta que hay que responder.

La desigualdad y exclusión

No cabe duda que el modelo de desarrollo concentrador y elitista es la causa que explica el descontento y la rabia que, durante semanas, gran parte de la sociedad se ha manifestado. Las personas sienten que las instituciones que debían de cuidarlos los han abandonados, que quienes debían de prestarles un servicio han abusado, de allí la angustia e indignación de una sociedad que ha dicho basta y se lanza a la calle.

Estas situaciones opresoras que han generado un nosotros y un ellos, que no resultaron evidentes a la clase política, porque entre otras cosas, hasta la ciudad se ha diferenciado fuertemente por comunas para los diferentes grupos sociales. En esas comunas ni siquiera las personas se cruzan en sus calles con los excluidos. Por lo tanto, aun cuando en el corto plazo pudiera superarse la desigualdad, una ideología de exclusión deja cicatrices sobre la sociedad. Rompe, ni más ni menos, el principio de que todos somos iguales y sujetos de justicia.

Los nuevos actores

Un nuevo grupo de actores sociales protagonizan estos procesos. Trabajadores calificados, profesionales, estudiantes, jóvenes que no han tenido oportunidad de ingresar al mercado de trabajo, mujeres jefas de hogar, jubilados. Carecen de la actividad en común que implica la ocupación de un espacio y el desarrollo de una cultura. El grado de fragmentación que existe entre ellos es profundo y demuestra su incapacidad para reconocerse como un colectivo capaz de demandar, incidir en las decisiones que permitan acceder a satisfacer sus necesidades de bienestar socio económico.

Hay una sensación de marginalidad que se percibe como estar fuera de la sociedad y por tanto en conflicto con ella. Es como vivir en otro país.

Lejos estamos de esa estructura social de nuestros padres en la que se percibía con trasparencia el lugar que se ocupaba y la articulación con un todo social integrado. Lejos estamos de esa sociedad que trasmitía de padres a hijos los caminos más eficaces para esa carrera posible del progreso entre generaciones. Hoy nuestros jóvenes trasmiten con dolor y angustia la inutilidad del ejemplo paterno, “hombres y mujeres de trabajo” en una sociedad especulativa que ha hecho del tener una poderosa arma para diferenciarse del otro a toda costa.

Los nuevos escenarios

Las movilizaciones se han desarrollados en los espacios que ocupan poderes del estado, organismos financieros y del retail, iglesias, fuerzas armadas y policiales, instituciones caracterizadas por el abandono, abuso y corrupción y que las personas perciben que se han dedicado a enriquecerse ilícitamente.

Si a ello le sumamos el desprecio de la élite por la clase media emergente, a la que sigue considerando como una oleada de arribistas que debe agradecer lo obtenido y dejar al estado, al parlamento y la economía en las manos de los que saben, todo ello va conformando un descontento que necesita expresarse en la calle, porque la clase política está “en otra”. De allí expresiones como “ingresar a la Moneda y pintarla del color que nos venga en gana” está a un paso.

Todo ello, pueden ser los detonantes que encuentren los ingredientes para otra movilización social.

Pasado el momento del estallido social las noticias no son tan buenas. Un gobierno autista que ha dejado de liderar en la crisis, es la calle la que ha puesto los temas relevantes que le hacen sentido al común de las personas. Por otro lado, el parlamente y los partidos políticos, al verse “sorprendido” han tratado de crear una arquitectura política que relativice el sentir de una sociedad movilizada que no les cree y los haya corruptos y evadidos de la realidad. Han puesto el acento en la construcción de una nueva constitución con la cortapisa de cooptar ésta con la participación de la mitad del parlamento. Es impresentable

Así, las calles de las ciudades y su gente son el único recurso para enfrentar la crisis de un modelo de sociedad que la fragmentó y debilitó en su identidad, desacreditando de paso el ideal republicano y fortaleciendo el discurso jurásico de “achicar el estado para agrandar la nación”, es decir abrirle paso a como dé lugar al modelo liberal capitalista.

Este es probablemente, el proceso, el escenario y los actores que detonaron en octubre y que la opinión pública mantiene en su memoria. Pero estos procesos sociales no se han revertido. Aquí la participación de los ciudadanos es clave. Estamos desafiados a ponernos de acuerdo en las nuevas reglas del juego democrático y resolver el conflicto central: ¿Cuánto estado? ¿Cuánta sociedad? ¿Cuánto mercado?